Creo que mi verdadero propósito se terminó de forjar con la partida de mi madre. Ver cómo su energía vital se marchitaba tras decepciones profundas cambió mi visión de la salud para siempre. En ese proceso doloroso nació mi espiritualidad: comprendí que «el amor es lo único que trasciende el tiempo y el espacio». Mi práctica es hoy mi forma de honrarla y de acompañar a otros a sanar aquello que en ella no supe cómo transitar.
Poco después, el Shiatsu llegó a mi vida, también en forma de regalo. Llevaba meses arrastrando un dolor muy fuerte en la cadera y, tras pasar por varias sesiones de fisioterapia tradicional que no me funcionaban, una amiga me regaló una sesión. Bastó esa única hora para solucionar lo que parecía imposible. Ahí comprendí que el cuerpo no se cura de forma aislada; detrás de cada síntoma se esconde un universo de conexiones esperando ser escuchadas.
Esa experiencia física tan transformadora fue el motor que me llevó a querer profundizar de verdad en la Medicina Tradicional China y en la Cábala. Me fascina el lado poético de estas enseñanzas y encontrar analogías entre el universo y la naturaleza humana.Este camino de sanación y descubrimiento me cambió (y me sigue cambiando) la vida por completo. Aunque siempre amé bailar, durante mucho tiempo me había sentido trabada y avergonzada dentro de mi propia piel. Fue justamente al aprender a escuchar, amar y agradecer a mi cuerpo cuando esa timidez se disolvió. Hoy, el Tango es mi viaje terapéutico. Bailar es conectar con el otro en movimiento; un espacio de presencia absoluta donde aparece una nueva forma de vernos y vincularnos. Es, en esencia, volver a casa.
Mi misión es hoy abrir esa ventana hacia tu propia sabiduría interna. Crear un espacio donde la mente se calme para que tu cuerpo, ese vehículo sagrado, pueda expresar todo su potencial y volver a moverse en libertad.